Primer Capítulo



¡Un pequeño adelanto! Un abrir de boca, un tentempié de la novela.... El primer capítulo.


I


«Las risas resonaban en la estancia.

El salón había sido creado con la belleza y la magnificencia de los tiempos mejores. El oro y la plata gobernaban allí donde alcanzaba la vista y eran decorados con diamantes como estrellas. Los tablones de madera de las paredes contenían pan de oro entre sus vetas pulidas y el mármol del suelo destellaba con ríos argénteos. Todo era brillo y luz.

La estancia se encontraba envuelta en el frescor primaveral a pesar de la multitud congregada, no daba la sensación de una habitación abarrotada y viciada. El viento se filtraba por las ventanas, perfumando el salón con el aroma de dos mil gardenias estratégicamente colocadas. Su dulce fragancia eliminaba cualquier desagradable hedor. Y si alguna tenía la desfachatez de intentar marchitarse, rápidamente era sustituida por otra recién podada de los jardines.

Los camareros se movían con sigilo, como áureos fantasmas. Rellenaban las copas, ofrecían tentempiés. Cambiaban flores o solucionaban cualquier desperfecto que por mínimo que fuera, insinuase a alguno de los invitados el destello fugaz de la palabra prohibida.
Risas cristalinas como copas se alzaban hacia un techo en cúpula, pintado con ángeles. Un techo digno de un templo donde los dioses deberían ser adorados. Solo un sonido era capaz de envolver cada conversación y era la música, donde argénteas damas arrancaban de las notas de ensueño de instrumentos de plata.

Y los invitados… Ah, los invitados. Rostros empolvados y cuerpos perfumados. Jóvenes y audaces, ninguno superaba los treinta. Esa década maldita asociada a la palabra prohibida. Vestidos ajustados, trajes brillantes, joyas deslumbrantes. Labios rojos y ojos azules. Miradas de cobre y sonrisas de marfil. Ellos eran la perfección. Bailando como un solo corazón en un mundo majestuoso.

Deberíamos irnos…

¿Qué fue eso?

— No está bien que estemos aquí.

¿Quién habla?

— Calla. Pueden oírnos.

¿De dónde proceden los susurros?

— Lo dices porque sabes que tengo razón.

— Nadie se dará cuenta.

— Claro que se darán cuenta.

— Si gritas, lo harán.

— No, no lo harán.

— Calla.

— Vámonos.

— ¡Me confundes!

— Es la música.

Las voces proceden de las cortinas. Ocultos tras un balcón, dos jóvenes se sujetan las manos y contemplan la fiesta con mirada anhelante. Argéntea muchacha, áureo caballero. Joyas deslumbrantes y ropas de ensueño. Pero sus miradas. Miradas de…

— Nadie nos reconocerá.

— Es una mala idea.

¿Quiénes son aquellos de plúmbea mirada? ¿Cómo dos personas tan vulgares pueden estar aquí? Envolver de oro el plomo, ¡qué insulto! Alguien debería detenerlos. Alguien debería frenarlos antes de que traigan lo prohibido con ellos y manchen a los invitados. Pero nadie repara en ellos. ¿Por qué habrían de hacerlo? Nadie ha visto sus miradas, solo sus ropas. El envoltorio sin comprender el auténtico valor.

Llegaron los gritos.

Llegaron las llamas y el dolor. La cúpula donde los ángeles reían a los dioses, se combó y fundió, dejando que éstos se convirtieran en horribles demonios que se burlaban de los presentes. El fuego se alzaba de todas partes y las gardenias fueron sustituidas por cenizas y humo. La música se tornó en una espantosa cacofonía.

El latido rítmico y hermoso de la danza se quebró en un acelerado movimiento mientras todos buscaban la salida. Pero las puertas estaban atrancadas para que nada entrase. El techo caía y los gritos se alzaban. Dolor, miedo, muerte. Todo estaba allí. No se podía respirar. No se podía ver nada, gritos, angustia. ¡Qué alguien detenga esto, por favor! No había forma de pararlo. Una barra de hierro atrancando unas puertas de roble no impedirán que la palabra caiga sobre todos ellos.


Y cuando lo hizo, maldita fuera mil veces, lo hizo con toda su fuerza.»

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